Sin duda, la experiencia de vivir con una familia española ha sido una parte profunda de mi semestre aquí en Madrid. Aunque hablo español en mi escuela, leo en español, y interactuar con otra gente que habla español, sé que la oportunidad de hablar el idioma con madrileños en su propia casa ha mejorado mis habilidades enormemente. Las palabras cotidianas - sobre lavar la ropa, sobre un nuevo tipo de verduras que cocina la madre de casa, incluso las que encuentro mirando un programa de tele con mi familia - me ayudan a ampliar mi propio vocabulario y sentir más capaz de hablar con fluidez y sin vergüenza.

Sin embargo, la razón por la que me gusta mi familia tanto es más allá de una mejora del uso del idioma. El sentido de regresar a casa y poder interactuar cómodamente es simplemente increíble. También, es algo que tienes que trabajar para sentir; claro que no sentía tan cómoda en esta casa mi primer día. Pero con un esfuerzo legítimo, creo que estoy haciéndome más una parte de esta familia y menos una extranjera. Obviamente, no puedo cambiar el hecho de que soy una estudiante de los EEUU; además, no quiero cambiar este. Simplemente quiero integrarme  más en una familia española. He aprendido (y sigo aprendiendo) que para establecer una relación auténtica tienes que ponerte en algunas situaciones incómodas a veces. Estas circunstancias no son peligrosas, sino no fáciles. Por ejemplo, quedar en la sala unos minutos más que quieres para seguir con la conversación; no siempre regresar a tu cuarto y toda la tecnología, la conección a tu vida americana, que contiene; preguntar sobre todo (pues, no todo, ¡pero mucho!). Una de las cosas que me gusta más es cuando mi pregunta empieza una conversación que no he anticipado. Siempre aprendo algo nuevo cuando escucho a los miembros de mi familia española. Claro, yo hablo también, pero dejar a otra persona la oportunidad para explicar algo significa que vas a comprenderlo mejor al largo plazo. Bueno, nada más con mi bitácora, ¡tengo que cenar con mi hermano español!